|
En esta página os proponemos los comentarios sobre los misterios del santo rosario que escribió san Josemaría, en el año 1931 durante la acción de gracias de la Misa, para que podáis considerarlos en familia como tanto le gusta recordar al santo Padre Juan Pablo II. |
|
Para más información de otros escritos de san Josemaría: www.escrivaobras.org
|
|
|
|
Misterios de gozo lunes y sábados
No
olvides, amigo mío, que somos niños. La Señora del dulce nombre, María, está
recogida en oración. Tú
eres, en aquella casa, lo que quieras ser: un amigo, un criado, un curioso, un
vecino... -Yo ahora no me atrevo a ser nada. Me escondo detrás de ti y,
pasmado, contemplo la escena: El
Arcángel dice su embajada... ¿Quomodo
fiet istud, quoniam virum non cognosco? -¿De qué modo se hará esto si no
conozco varón? (Luc., I, 34.) La
voz de nuestra Madre agolpa en mi memoria, por contraste, todas las impurezas de
los hombres..., las mías también. Y
¡cómo odio entonces esas bajas miserias de la tierra!... ¡Qué propósitos! Fiat mihi secundum verbum tuum.
-Hágase en mí según tu palabra. (Luc., I, 38.) Al encanto de estas palabras
virginales, el Verbo se hizo carne. Va
a terminar la primera decena... Aún tengo tiempo de decir a mi Dios, antes que
mortal alguno: Jesús, te amo.
Ahora, niño amigo, ya habrás aprendido a manejarte. -Acompaña con gozo a José
y a Santa María... y escucharás tradiciones de la Casa de David: Oirás
hablar de Isabel y de Zacarías, te enternecerás ante el amor purísimo de José,
y latirá fuertemente tu corazón cada vez que nombren al Niño que nacerá en
Belén... Caminamos
apresuradamente hacia las montañas, hasta un pueblo de la tribu de Judá. (Luc.,
I, 39.) Llegamos.
-Es la casa donde va a nacer Juan, el Bautista. -Isabel aclama, agradecida, a la
Madre de su Redentor: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es
el fruto de tu vientre! -¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi
Señor a visitarme? (Luc., I, 42 y 43.) El
Bautista nonnato se estremece... (Luc., I, 41.) -La humildad de María se vierte
en el Magníficat... -Y tú y yo, que somos -que éramos- unos soberbios,
prometemos que seremos humildes.
Se ha promulgado un edicto de César Augusto, y manda empadronar a todo el
mundo. Cada cual ha de ir, para esto, al pueblo de donde arranca su estirpe.
-Como es José de la casa y familia de David, va con la Virgen María desde
Nazaret a la ciudad llamada Belén, en Judea. (Luc., II, 1-5.) Y
en Belén nace nuestro Dios: ¡Jesucristo! -No hay lugar en la posada: en un
establo. -Y su Madre le envuelve en pañales y le recuesta en el pesebre. (Luc.,
II, 7.) Frío.
-Pobreza. -Soy un esclavito de José. -¡Qué bueno es José! -Me trata como un
padre a su hijo. -¡Hasta me perdona, si cojo en mis brazos al Niño y me quedo,
horas y horas, diciéndole cosas dulces y encendidas!... Y
le beso -bésale tú-, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi
Unico, mi Todo!... ¡Qué hermoso es el Niño... y qué corta la decena!
Cumplido el tiempo de la purificación de la Madre, según la Ley de Moisés, es
preciso ir con el Niño a Jerusalén para presentarle al Señor. (Luc., II, 22.) Y
esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. -¿Te
fijas? Ella -¡la Inmaculada!- se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás
con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios
personales, la Santa Ley de Dios? ¡Purificarse!
¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! -Expiar, y, por encima de la
expiación, el Amor. -Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra
alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón. Un
hombre justo y temeroso de Dios, que movido por el Espíritu Santo ha venido al
templo -le había sido revelado que no moriría antes de ver al Cristo-, toma en
sus brazos al Mesías y le dice: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de
este mundo a tu siervo, según tu promesa... porque mis ojos han visto al
Salvador. (Luc., II, 25-30.)
¿Dónde está Jesús? -Señora: ¡el Niño!... ¿dónde está? Llora
María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en
caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar,
llora también... Y tú... Y yo. Yo,
como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la
tierra..., por cuando le perdí por mi culpa y no clamé. Jesús:
que nunca más te pierda... Y entonces la desgracia y el dolor nos unen, como
nos unió el pecado, y salen de todo nuestro ser gemidos de profunda contrición
y frases ardientes, que la pluma no puede, no debe estampar. Y,
al consolarnos con el gozo de encontrar a Jesús -¡tres días de ausencia!-
disputando con los Maestros de Israel (Luc., II, 46), quedará muy grabada en tu
alma y en la mía la obligación de dejar a los de nuestra casa por servir al
Padre Celestial.
|
|
|
|
Misterios de dolor martes y viernes
Orad, para que no entréis en la tentación. -Y se durmió Pedro. -Y los demás
apóstoles. -Y te dormiste tú, niño amigo..., y yo fui también otro Pedro
dormilón. Jesús,
solo y triste, sufría y empapaba la tierra con su sangre. De
rodillas sobre el duro suelo, persevera en oración... Llora por ti... y por mí:
le aplasta el peso de los pecados de los hombres. Pater, si vis, transfer calicem istum a me.
-Padre, si quieres, haz que pase este cáliz de mí... Pero no se haga mi
voluntad, sed tua fiat, sino la tuya. (Luc., XXII, 42.) Un
Angel del cielo le conforta. -Está Jesús en la agonía. -Continúa prolixius,
más intensamente orando... -Se acerca a nosotros, que dormimos: levantaos, orad
-nos repite-, para que no caigáis en la tentación. (Luc., XXII, 46.) Judas
el traidor: un beso. -La espada de Pedro brilla en la noche. -Jesús habla: ¿como
a un ladrón venís a buscarme? (Marc., XIV, 48.) Somos
cobardes: le seguimos de lejos, pero despiertos y orando. -Oración... Oración...
Habla Pilatos: Vosotros tenéis costumbre de que os suelte a uno por Pascua. ¿A
quién dejamos libre, a Barrabás -ladrón, preso con otros por un homicidio- o
a Jesús? (Math., XXVII,17.) -Haz morir a éste y suelta a Barrabás, clama el
pueblo incitado por sus príncipes. (Luc., XXIII, 18.) Habla Pilatos de nuevo:
Entonces ¿qué haré de Jesús que se llama el Cristo? (Math., XXVII, 22.) -¡Crucifige
eum! -¡Crucifícale! (Marc., XV, 14.) Pilatos,
por tercera vez, les dice: Pues ¿qué mal ha hecho? Yo no hallo en él causa
alguna de muerte. (Luc., XXIII, 22.) Aumentaba
el clamor de la muchedumbre: ¡crucifícale, crucifícale! (Marc., XV, 14.) Y
Pilatos, deseando contentar al pueblo, les suelta a Barrabás y ordena que
azoten a Jesús. Atado
a la columna. Lleno de llagas. Suena
el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que
padece por tu carne pecadora. -Más golpes. Más saña. Más aún... Es el colmo
de la humana crueldad. Al
cabo, rendidos, desatan a Jesús. -Y el cuerpo de Cristo se rinde también al
dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto. Tú
y yo no podemos hablar. -No hacen falta palabras. -Míralo, míralo... despacio. Después...
¿serás capaz de tener miedo a la expiación?
¡Satisfecha queda el ansia de sufrir de nuestro Rey! -Llevan a mi Señor al
patio del pretorio, y allí convocan a toda la cohorte. (Marc., XV, 16) -Los
soldadotes brutales han desnudado sus carnes purísimas. -Con un trapo de púrpura,
viejo y sucio, cubren a Jesús. -Una caña, por cetro, en su mano derecha... La
corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas... Ave
Rex judeorum! -Dios te salve, Rey de los judíos. (Marc., XV, 18.) Y, a
golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean... y le escupen. Coronado
de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío:
Ecce homo! -Ved aquí al hombre. Y de
nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale,
crucifícale! (Joann., XVIII, 5 y 6.) -Tú
y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y a abofetear, y a escupir? Ya
no más, Jesús, y no más... Y un propósito firme y concreto pone fin a estas
diez Avemarías.
Con su Cruz a cuestas marcha hacia el Calvario, lugar que en hebreo se llama Gólgota.
(Joann., XIX, 17.) -Y echan mano de un tal Simón, natural de Cirene, que viene
de una granja, y le cargan la Cruz para que la lleve en pos de Jesús. (Luc.,
XXIII, 26.) Se
ha cumplido aquello de Isaías (LIII, 12): cum
sceleratis reputatus est, fue contado entre los malhechores: porque llevaron
para hacerlos morir con El a otros dos, que eran ladrones. (Luc., XXIII, 32.) Si
alguno quiere venir tras de mí... Niño amigo: estamos tristes, viviendo la
Pasión de Nuestro Señor Jesús. -Mira con qué amor se abraza a la Cruz.
-Aprende de El. -Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús. Pero
no lleves la Cruz arrastrando... Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada,
no será una Cruz cualquiera: será... la Santa Cruz. No te resignes con la
Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la
quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz. Y
de seguro, como El, encontrarás a María en el camino.
Jesús Nazareno, Rey de los judíos, tiene dispuesto el trono triunfador. Tú y
yo no lo vemos retorcerse, al ser enclavado: sufriendo cuanto se pueda sufrir,
extiende sus brazos con gesto de Sacerdote Eterno. Los
soldados toman las santas vestiduras y hacen cuatro partes. -Por no dividir la túnica,
la sortean para ver de quién será. -Y así, una vez más, se cumple la
Escritura que dice: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre ellos echaron
suertes. (Joann., XIX, 23 y 24.) Ya
está en lo alto... -Y, junto a su Hijo, al pie de la Cruz, Santa María... y
María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Y Juan, el discípulo que El
amaba. Ecce mater tua! -¡Ahí tienes
a tu madre!: nos da a su Madre por Madre nuestra. Le
ofrecen antes vino mezclado con hiel, y habiéndolo gustado, no lo tomó. (Math.,
XXVII, 34.) Ahora
tiene sed... de amor, de almas. Consummatum est.
-Todo está consumado. (Joann., XIX, 30.) Niño
bobo, mira: todo esto..., todo lo ha sufrido por ti... y por mí. -¿No lloras?
|
|
|
|
Misterios de gloria miércoles y domingos
Al caer la tarde del sábado, María Magdalena y María, madre de Santiago, y
Salomé compraron aromas para ir a embalsamar el cuerpo muerto de Jesús. -Muy
de mañana, al otro día, llegan al sepulcro, salido ya el sol. (Marc., XVI, 1 y
2.) Y entrando, se quedan consternadas porque no hallan el cuerpo del Señor.
-Un mancebo, cubierto de vestidura blanca, les dice: No temáis: sé que buscáis
a Jesús Nazareno: non est hic, surrexit
enim sicut dixit, -no esta aquí, porque ha resucitado, según predijo. (Math.,
XXVIII, 5.) ¡Ha
resucitado! -Jesús ha resucitado. No está en el sepulcro. -La Vida pudo más
que la muerte. Se
apareció a su Madre Santísima. -Se apareció a María de Magdala, que está
loca de amor. -Y a Pedro y a los demás Apóstoles. -Y a ti y a mí, que somos
sus discípulos y más locos que la Magdalena: ¡qué cosas le hemos dicho! Que
nunca muramos por el pecado; que sea eterna nuestra resurrección espiritual.
-Y, antes de terminar la decena, has besado tú las llagas de sus pies..., y yo
más atrevido -por más niño- he puesto mis labios sobre su costado abierto.
Adoctrina ahora el Maestro a sus discípulos: les ha abierto la inteligencia,
para que entiendan las Escrituras y les toma por testigos de su vida y de sus
milagros, de su pasión y muerte, y de la gloria de su resurrección. (Luc.,
XXIV, 45 y 48.) Después
los lleva camino de Betania, levanta las manos y los bendice. -Y, mientras, se
va separando de ellos y se eleva al cielo (Luc., XXIV, 50), hasta que le ocultó
una nube. (Act., I, 9.) Se
fue Jesús con el Padre. -Dos Angeles de blancas vestiduras se aproximan a
nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo?
(Act., I, 11.) Pedro
y los demás vuelven a Jerusalén -cum
gaudio magno- con gran alegría. (Luc., XXIV, 52.) -Es justo que la Santa
Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las
jerarquías de los Angeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la
Gloria. Pero,
tú y yo sentimos la orfandad: estamos tristes, y vamos a consolarnos con María.
Había dicho el Señor: Yo rogaré al Padre, y os dará otro Paráclito, otro
Consolador, para que permanezca con vosotros eternamente. (Joann., XIV, 16.)
-Reunidos los discípulos todos juntos en un mismo lugar, de repente sobrevino
del cielo un ruido como de viento impetuoso que invadió toda la casa donde se
encontraban. -Al mismo tiempo, unas lenguas de fuego se repartieron y se
asentaron sobre cada uno de ellos. (Act., II, 1-3.) Llenos
del Espíritu Santo, como borrachos, estaban los Apóstoles. (Act., II, 13.) Y
Pedro, a quien rodeaban los otros once, levantó la voz y habló. -Le oímos
gente de cien países. -Cada uno le escucha en su lengua. -Tú y yo en la
nuestra. -Nos habla de Cristo Jesús y del Espíritu Santo y del Padre. No
le apedrean, ni le meten en la cárcel: se convierten y son bautizados tres mil,
de los que oyeron. Tú
y yo, después de ayudar a los Apóstoles en la administración de los
bautismos, bendecimos a Dios Padre, por su Hijo Jesús, y nos sentimos también
borrachos del Espíritu Santo.
Assumpta est María in coelum: gaudent
angeli!
-María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡y
los Angeles se alegran! Así
canta la Iglesia. -Y así, con ese clamor de regocijo, comenzamos la contemplación
en esta decena del Santo Rosario: Se
ha dormido la Madre de Dios. -Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles.
-Matías sustituyó a Judas. Y
nosotros, por gracia que todos respetan, estamos a su lado también. Pero
Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la Gloria. -Y la Corte
celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. -Tú y yo -niños,
al fin- tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos
contemplar aquella maravilla. La
Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la Hija, Madre y Esposa de
Dios... -Y es tanta la majestad de la Señora, que hace preguntar a los Angeles:
¿Quién es ésta?
Eres toda hermosa, y no hay en ti mancha. -Huerto cerrado eres, hermana mía,
Esposa, huerto cerrado, fuente sellada. -Veni:
coronaberis. -Ven: serás coronada. (Cant., IV, 7, 12 y 8.) Si
tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora
de todo lo creado. Una
gran señal apareció en el cielo: una mujer con corona de doce estrellas sobre
su cabeza. -Vestido de sol. -La luna a sus pies. (Apoc., XII, 1.) María, Virgen
sin mancilla, reparó la caída de Eva: y ha pisado, con su planta inmaculada,
la cabeza del dragón infernal. Hija de Dios, Madre de Dios, Esposa de Dios. El
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del
Universo. Y
le rinden pleitesía de vasallos los Angeles..., y los patriarcas y los profetas
y los Apóstoles..., y los mártires y los confesores y las vírgenes y todos
los santos..., y todos los pecadores y tú y yo.
|
|
|
|
Con textos de la predicación de san Josemaría se han compuesto los comentarios de los misterios de Luz, que incorporó al rezo del rosario el santo Padre recientemente con motivo del año jubilar.
Misterios de luz jueves
Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser bautizado por Juan [...]. Y una voz desde los cielos dijo: -Éste es mi hijo, el amado, en quien me he complacido. (Mt 3, 13.17.) En el Bautismo, Nuestro Padre Dios ha tomado posesión de nuestras vidas, nos ha incorporado a la de Cristo y nos ha enviado el Espíritu Santo. ¡Haremos que arda el mundo, en las llamas del fuego que viniste a traer a la tierra!... Y la luz de tu verdad, Jesús nuestro, iluminará las inteligencias, en un día sin fin. Yo te oigo clamar, Rey mío, con voz viva, que aún vibra: ignen veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatir? -Y contesto -todo yo- con mis sentidos y mis potencias: ecce ego: quia vocasti me! El Señor ha puesto en tu alma un sello indeleble, por medio del Bautismo: eres hijo de Dios. Niño: ¿no te enciendes en deseos de hacer que todos le amen?
Entre tantos invitados de una de esas ruidosas bodas campesinas, a las que acuden personas de varios poblados, María advierte que falta vino (cfr. Jn 2,3). Se da cuenta Ella sola, y enseguida. ¡Qué familiares nos resultan las escenas de la vida de Cristo! porque la grandeza de Dios convive con lo ordinario, con lo corriente. Es propio de una mujer, y de un ama de casa atenta, advertir un descuido, estar en esos detalles pequeños que hacen agradable la existencia humana: y así actuó María. -Haced lo que Él os diga. (Jn 2,5.) Implete hydrias (Jn 2,7.), llenad las tinajas, y el milagro viene. Así, con esa sencillez. Todo ordinario. Aquellos cumplían su oficio. Y es la primera manifestación de la Divinidad del Señor. Lo más vulgar se convierte en extraordinario, en sobrenatural, cuando tenemos la buena voluntad de atender a los que Dios nos pide. Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre -¡tu Madre!- a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!... Si nuestra fe es débil, acudamos a María. Por el milagro de las bodas de Caná, que Cristo realizó a ruegos de su Madre, creyeron en El sus discípulos. (Jn 2,11.) Nuestra Madre intercede siempre ante su Hijo para que nos atienda y se nos muestre, de tal modo que podamos confesar: Tú eres el Hijo de Dios. -¡Dame, oh Jesús, esa fe, que de verdad deseo! Madre mía y Señora mía, María Santísima, ¡haz que yo crea!
-El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio. (Mc 1,15.) Toda la muchedumbre iba hacía Él, y les enseñaba. (Mc 2,13.) Jesús ve aquellas barcas en la orilla y se sube a una. ¡Con qué naturalidad se mete Jesús en la barca de cada uno de nosotros! Cuando te acerques al Señor, piensa que está siempre muy cerca de ti, en ti: regnun Dei intra vos est. (Lc 17,21.) Lo encontrarás en tu corazón. Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirá en un hosanna a mi Cristo Rey. Duc in altum. -¡Mar adentro! -Rechaza el pesimismo que te hace cobarde. Et laxate retia vestra in capturam -y echa tus redes para pescar. Debemos confiar en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como heredad. Et regni ejus nom erit finis. -¡Su Reino no tendrá fin! -¿No te da alegría trabajar por un reinado así?
Y se transfiguro ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. (Mt 17,2.) ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti! Y una voz desde la nube dijo: Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco; escuchadle. (Mt 17,5.) Señor nuestro, aquí nos tienes dispuestos a escuchar cuanto quieras decirnos. Háblanos; estamos atentos a tu voz. Que tu conversación, cayendo en nuestra alma, inflame nuestra voluntad para que se lance fervorosamente a obedecerte. Vultum tuum, Domine, requiran (Sal 26,8), buscaré, Señor, tu rostro. Me ilusiona cerrar los ojos, y pensar que llegará el momento, cuando Dios quiera, en que podré verle, no como ahora en un espejo, y bajo imágenes oscuras... sino cara a cara. (1Cor 13,12.) Sí, mi corazón está sediento de Dios, del Dios vivo: ¿cuando vendré y veré la faz de Dios? (Sal 41,3.)
La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. (Jn 13,1.) Se hacía noche en el mundo, porque los viejos ritos, los antiguos signos de la misericordia infinita de Dios con la humanidad iban a realizarse plenamente, abriendo el camino a un verdadero amanecer: la nueva Pascua. La Eucaristía fue instituida durante la noche, preparando de antemano la mañana de la Resurrección. Jesús se quedó en la Eucaristía por amos..., por ti. -Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú. -Se quedó para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al sagrario y en la recepción del Sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas -¡muchas!- sigan igual camino. Niño bueno: los amadores de la tierra ¡cómo besan las flores, la carta, el recuerdo del que aman!... -Y tú, ¿podrás olvidarte alguna vez de que le tienes siempre a tu lado...¡a Él! -¿Te olvidarás... de que le puedes comer? -¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos del divino Sol -Cristo- en la Eucaristía!, ¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar el descanso de tu Corazón!
|
|
|